martes, 29 de junio de 2010

De ratas y ratones en Costa Rica

Es diferente salir de vacaciones que “viajar sin tiempo”. Está claro que, en el segundo caso, la duración se ve afectada por la relación entre la cantidad de dinero disponible y el costo de vida de los lugares a visitar.
Es nuestra intención viajar mucho y la premisa es e-co-no-mi-zar! Esta tarea se hace muy fácil en países como Bolivia, en donde uno puede alojarse por U$ 3 y comer por U$ 1 en cualquier mercado.
Si se sigue subiendo en el mapa, uno se encuentra con que se hace un poco mas caro en Colombia, donde el hospedaje ronda los U$ 7/8 y el menú ronda los U$ 2,5.
Pero ya en Costa Rica, alojarse en un hostel barato no baja de los U$ 12/14 y el “Casado” (arroz con porotos, verduras, fideos y carne) no baja de U$ 6 y no incluye sopita ni bebida!

Esta realidad obliga al viajero sin tiempo a adoptar algunos comportamientos "de roedor" para poder afrontar la onerosa circunstancia. Pero estas medidas pueden acarrear algunas indeseadas consecuencias…

Dada la buena experiencia en Santa Marta y anticipando los altos costos de San José, volvimos a utilizar couchsurfing.org y aplicamos solicitudes de alojamiento (gratuito) a todos los anfitriones que recibieran a 2 personas (son los mas difíciles de conseguir). Pero los exámenes, los viajes, las remodelaciones, el exceso de trabajo y la falta de lugar ocuparon el “top five” de motivos de rechazo. Hasta que un alemán residente nos dio el tan ansiado Si!

Marckus, vive en una casa de frente de madera color verde, ubicada a 200 mts oeste del Super “Napoli” y 150 mts suroeste de “Cuchifrito”, en San Pedro, un barrio ubicado a 20 minutos en Bus del centro de San José.

La única forma fue llegar hasta el Supermercado Napoli fue preguntando a la gente en el colectivo y luego, una vez ahí, llamar por teléfono para que nos venga a buscar, ya que ninguna calle tiene nombre y ninguna casa posee numero. Aunque todos aseguran que las cartas llegan sin problema.


Nuestro host resultó ser un personaje entrañable, joven de 27 años, amante de Latinoamérica, aprendiz de salsa, cha cha cha y cumbia, surfer, músico charanguista y compositor. Pero se encontraba pasando por lo que podríamos llamar un cuadro de stress laboral combinado con angustia a raíz de un amor no correspondido.

Su casa era pequeña pero muy cálida, con algunos vestigios de trasnochadas; los platos sin lavar y una muy creativa ubicación de las ropas usadas. Pero lo importante era que contaba con dos colchones para que Luz y yo podamos dormir en el piso del living.

Una mañana durante el desayuno Markus muy apenado nos confiesa que había tenido que matar un ratón. Le daba pena porque lo había visto crecer, pero ya estaba muy grande para compartir la casa con el. A Luz se le atragantó la tostada.



Esa misma tarde, cuando volvimos a la casa luego de una recorrida por el barrio encontramos “rastros”. Lo que iba a ser nuestra cena ya había sido el almuerzo de otro indeseado compañero de cuarto. Así que me vi obligado a seguir los pasos de Muck, y coloqué la trampa con un trocito de pollo detrás del sillón.

A la mañana siguiente no encontré el pollo, tampoco al ratón, pero en su lugar había una increíble madeja de hormigas que se habían devorado la carnada. Esa noche, sin volver a cebarla, verifiqué el estado de la trampa y nos fuimos al bar. A la mañana siguiente (5:00 am hora Costarricense) madrugamos para ver el triunfo de Argentina ante Corea por Internet en el estacionamiento del Mc Donalds de San Pedro. Luego, una merecida siesta.
Una mezcla de sorpresa, culpa y sensación de victoria* me invadió al despertarme y encontrar detrás del sillón a un pequeño ratoncito negro desnucado por el poderoso alambre de resorte de la trampera.

Lo mas cruel fue que el pobre bicho se jugó la vida tan solo por el olor, mientras nosotros dos, los ratas, escribimos esta historia en Tamarindo, una semana después, desde la pileta de un hostel de U$14 que nos dejaron a U$10.


*Es una sensación parecida a la que se tiene cuando uno pesca.

jueves, 17 de junio de 2010

Un partido difícil de jugar en el caribe: El camping

Nunca le creas a una carpa impermeable de U$ 14,90;  fue lo que me enseñó la naturaleza luego de ganarnos dos “test match” jugando de local.

El primero fue en Cabañas de Buritaca, una villa de pescadores devenido en “Punto Turístico” ubicada en el comienzo de la Guajira Colombiana. Una de esas fotos de postal, donde se puede ver la puesta del sol sentado solo en la playa, frente a dos espejos de agua, el río Buritaca y el mar Caribe, separados ambos por una angosta playa de arena clara. Todo este cuadro con la montaña como marco.

Era el estreno de la “tienda de campaña” que compramos días antes en la oferta del Supermercado Éxito de Santa Marta. Por eso preferimos ser previsores y armar un rudimentario sobretecho con hojas de plátano sobre la carpa para hacerle frente a cualquier lluvia tropical que nos pudiera sorprender.
Pero el caribe en época de lluvias no tiene piedad con ningún argentino aventurero que desoye las advertencias de los habitantes locales. “Tengan cuidado porque con las lluvias el río crece, trae las víboras y se lleva todo”   Pero el cielo estaba despejado, teníamos una carpa nueva y habíamos orinado cerca de la carpa para alejar a los reptiles, tal como nos indicó un pescador…

Esa noche terminamos rogando que nos alquilen un cuarto por U$S 15, no nos importó que la luz y el agua estuvieran cortadas. Lo importante era que estábamos a salvo de ese aguacero imparable, lejos del río crecido y de los cangrejos y alimañas de la rivera. 
Al día siguiente volvimos al camping, el sol brillaba y todo era paz. Emparchamos el vulnerado techo de hojas de plátano y pusimos la ropa al secar.
Al mediodía el cielo se empezó a cerrar… levantamos campamento y volvimos a Santa Marta con la cola entre las patas. 1 a 0.

Se va la segunda
     
El segundo partido tuvo lugar diez días después, en Boca de Drago una playa de la isla Colon, parte de un archipiélago del Caribe de Panamá, cerca del límite con Costa Rica.
Este páramo era aun mas desolado, tenia cuatro casas, un restaurante para recibir a los turistas que iban a pasar el día y un eco-lodge de investigaciones que alojaba a un par de estudiantes gringos. Pero el lugar de acampe parecía un deja-vú. Un pequeño río cangrejero que desembocaba en el mar, mucha vegetación, cielo despejado y la puesta del sol en la puerta de la carpa. El condimento extra eran las “chitras” unas muy pequeñas mosquitas que viven en la arena, pican duro y usan el repelente como aderezo de humanos.
Esa noche Luchi hizo sopa de fideos y un guiso de verduras, de esos que salen con ese gustito a campamento, difícil de igualar. Muertos de cansancio, con la panza llena, el cielo estrellado y las chitras volando a través del mosquitero nos fuimos a dormir. O por lo menos lo intentamos.
El calor era sofocante y nos levantamos varias veces para dar vuelta la carpa intentando captar alguna brisa por la única ventana mosquitero. Esto sumado a las picaduras y a la preocupación por las gotas que empezaron a caer me hacían difícil pegar un ojo. Pero todo intento de dormir se terminó de frustrar cerca de las 2 am cuando la carpa filtraba agua como una manga de café. Luz dormía como un bebe!
Metimos los documentos, la netbook y la cámara dentro de una bolsa y fuimos abriéndonos paso con un palo entre cangrejos y mantarayas atravesando el pedazo de riomar que nos separaba del sector “poblado” de la playa. Ahí nos guarecimos en un quincho sobre un muelle y esperamos el amanecer. Las chitras no aflojaron. 2 a 0 y con baile.

A las 6:00 cuando amanecía la lluvia paró. Estábamos cansados, llenos de picaduras, sucios y  de mal humor. Junto con el sol apareció “Colombia”, un mulato de 38 años  que cuidaba la casa a la que pertenecían el muelle y el quincho. Más tarde me voy a enterar de que gran parte de aquel hermoso lugar era de los mismos dueños.
Pero Colombia, a pesar de su aspecto, cumplió la función de shoten zenjin*,  nos ofreció una ducha, café, comida y hospedaje en una casa cercana que estaba desocupada. Todo gratis, claro.   


A primera vista era un desastre, no tenia luz, abundaban los bichos, la tierra y el oxido en techos y herrajes. Pero con el envión de la ducha fresca le pegamos una lavada de cara y colgamos cosas mojadas en cada baranda, silla o soga de la casa. Finalmente nos venció el cansancio sobre el colchón del primer piso.

La tercera es la vencida

Con la tinta fresca en el pasaporte llegamos a Puerto Viejo un pueblo turístico, en el Caribe sur de Costa Rica. Lo pensamos dos veces pero finalmente rechazamos la invitación a poner la carpa en el jardín de una casa que alquilaban 3 canadienses con los que compartimos el viaje. Preferimos pagar U$ 4,9 y armarla bajo techo en “Rocking J’s”, el hostel con mas onda de todo el pueblo. Tenemos locker para los bolsos, cocina, pool y baños con jabón y papel higiénico! 2 a1. y en cualquier momento buscamos el empate.


* Funciones protectoras de la vida (según el budismo de Nichiren Daishonin).

jueves, 3 de junio de 2010

No se olviden de Panamá

Fue una gran desilusión darme cuenta que aquí nadie usa sombrero. Quién no vio “El sastre de Panamá” con Pierce Brosnan? Dónde está la gente con trajes de lino? Eso ya fue o nunca existió? Como sea, en mi corta estadía en esta ciudad ví mas “jeans chupines” que guayaberas.
Esto no quita que Panamá tenga un atractivo muy particular, y lo que la primer noche hacía que cuente las horas para irnos, hoy, cinco días después, hace que no quiera dejar de caminar por sus calles.
La noche que llegamos recorrimos tres hostels (full de gente) antes de dar con el clásico Hotel Colon, ubicado en el antiguo barrio de San Felipe. La señora que nos entregó la llave del cuarto dijo: - “Primero mírenla y vean si se quieren quedar”.
- ¿Incluye desayuno?
- “Ni desayuno, ni TV, ni agua caliente”.
- ¿Internet?
-“Tampoco tenemos eso”.
Muerto de cansancio agarré la llave y subimos a ver de qué se trataba…

Creo que en ese momento comprendí profundamente el significado de la palabra “desidia”. El “hotel” tiene los rasgos de haber sido un edificio bellísimo: tres pisos con terraza, un clásico ascensor manual (operado de vez en cuando por una de las dos únicas personas que trabajan en el hotel) y pisos cubiertos de venecitas hexagonales formando minuciosos dibujos y tramas. Las habitaciones están divididas por una muy prolija carpintería grisácea que da la sensación de pajarera antigua. Las camas son hierro al estilo “hospital” con elástico y resortes metálicos. Ni el ventilador de techo ni la luz funcionan, lo que nos ahorra el triste espectáculo de las paredes con toda la pintura descascarada. Es un lugar que parece no haber tenido ningún tipo de mantenimiento en los últimos 60 años a U$ 15,45 la habitación doble. La tomamos!



No muy diferente es el Casco Antiguo de Panamá, un lugar abandonado en el tiempo. Las calles muestran bellas fachadas de edificios con su interior demolido y carteles de “Se Vende”. Las casas habitadas tienen sus frentes devastados por los años, plantas creciendo entre las rajaduras de sus paredes y remeras, bombachas y calzones colgados de las barandas de los balcones. Esto se repite en cada esquina, cada cuadra, cada manzana, cada barrio y hace que deje de parecer triste e inseguro para pasar a ser pintoresco e intrigante.
En cambio, a unos pocos kilómetros de San Felipe, sobre el mismo mar caribe se erige una moderna e hibrida Panama City con Shopping Centers y edificios de cristal y aluminio.

Tipeando sentado sobre mi cama de hospital siento como por la ventana del hotel se cuelan el desorden y los contrastes locales. Gente de diferente color, hablando a los gritos en dialectos derivados del español y el ingles. Abundan palabras como “brother”, “vaina” y “balboa” que nada tiene que ver con Rocky, es la supuesta moneda local. El son cubano que suena en alguna de las casas de enfrente es tapado por la salsa y ésta por una canción de Ricardo Montaner y por ahí le suben el volumen al ballenato de moda… es como una batalla de DJ barrial! Pero mi preferido es el vendedor que grita “CALAMARES!” porque pone un acento en “mare” muy gracioso.
Luchi está lista, nos vamos a almorzar al café Coca Cola y quizás después nos demos una vuelta por la Plaza de la Catedral, a sacar fotos a esos lindos edificios reciclados al estilo San Telmo porteño. Esas fotos van a recordarnos una ciudad a la que el hasta el mar ha olvidado...

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San Isidro, Buenos Aires, Argentina